Portada

Prólogo

Entre el Coloso y las Montañas

Ilustración Prólogo - El Coloso con banderas de Italia, Colombia y Venezuela

Toda familia guarda una historia.

Algunas comienzan en la tranquilidad de una aldea. Otras nacen en medio de guerras, revoluciones, exilios y océanos.

La mía nació de cuatro tierras distintas: Grecia, Italia, Venezuela y Colombia.

Mucho antes de que yo llegara al mundo, mis abuelos ya estaban escribiendo una epopeya marcada por el amor, la pérdida, el sacrificio y la esperanza.

Por una parte estaba Quiranna Ierovassili, una joven nacida en Rodas, la legendaria isla griega donde siglos atrás se había levantado el Coloso de Rodas, una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo.

Por la otra estaba Giacomo Stallone, un joven italiano nacido en Bari, a orillas del mar Adriático.

Sus vidas se cruzarían durante uno de los períodos más turbulentos del siglo XX.

Mientras tanto, al otro lado del mundo, otra historia comenzaba a escribirse entre las montañas de Colombia.

Los acontecimientos que siguieron al asesinato de Jorge Eliécer Gaitán transformarían el destino de miles de familias.

Entre ellas, la familia Ruiz Bernal.

Don Eduardo Ruiz Malo, Oriundo de Santa Fe de Bogota, político y compañero de Gaitan, tras el asesinato de éste, se vio forzado a salir de Colombia con su familia, Doña Rosa Bernal su esposa, junto a sus hijos, Cecilia, Jorge, Roberto, Elsa, Armando, quedandose Alvaro (Mi Padre), el rebelde en popayan, al cuidado de los hermanos Maristas estudiando.

Ninguno de ellos podía imaginar que, después de cruzar mares, sobrevivir a guerras, escapar de la violencia y comenzar de nuevo en tierras desconocidas, sus caminos terminarían encontrándose en Venezuela.

Ni que de aquella unión nacería un hijo llamado Álvaro Ernesto Ruiz Stallone.

Esta es la historia de quienes vinieron antes.
La historia de quienes resistieron cuando todo parecía perdido.
La historia de quienes se negaron a rendirse.

Porque antes de que existiera mi historia, existió la de ellos.

Y merece ser contada.

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Capítulo I

El Soldado de Bari.

Ilustración Capítulo I

Giacomo Stallone nació en Bari, Italia, en una época donde el mundo comenzaba a cambiar para siempre.

Hijo de una familia humilde, creció entre calles estrechas, el olor del mar Adriático y el sonido constante de las campanas de la iglesia cercana.

Su padre era pescador.
Su madre cuidaba del hogar y de sus hermanos menores.

La vida no era fácil, pero era digna.

Desde joven, Giacomo mostró un carácter firme.
No era un hombre de muchas palabras.
Pero cuando hablaba, los demás escuchaban.

Cuando la guerra llegó a Italia, Giacomo fue llamado a servir.
No tuvo elección.
Era su deber.

Fue enviado al Dodecaneso, un conjunto de islas en el mar Egeo que Italia controlaba desde 1912.

Entre esas islas estaba Rodas.

Y fue allí, en esa isla luminosa y antigua, donde su vida cambiaría para siempre.

Giacomo llegó a Rodas como soldado.
Pero lo que encontró allí no fue solo una misión militar.

Encontró un mundo diferente.
Una cultura rica.
Un pueblo orgulloso.
Y una mujer que marcaría el resto de su historia.

Continuará en el Capítulo II: El Soldado y la Hija de Rodas.

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Capítulo II
El Soldado y la Hija de Rodas

Ilustración Capítulo II

El primer encuentro entre Giacomo Stallone y Quiranna Ierovassili no ocurrió bajo un cielo romántico ni en medio de una gran celebración.

Ocurrió en un mercado.

Entre vendedores, pescadores, comerciantes y el bullicio cotidiano de una isla que intentaba seguir adelante mientras Europa avanzaba hacia la guerra.

Giacomo la vio por primera vez una mañana luminosa.

Quiranna discutía con un comerciante acerca del precio de unos productos.
No levantaba la voz.
No necesitaba hacerlo.
Su firmeza bastaba para hacerse respetar.

Giacomo observó la escena desde cierta distancia.
No comprendió todas las palabras.
Pero comprendió perfectamente el carácter de aquella joven.

Durante los días siguientes encontró múltiples excusas para regresar al mercado.
A veces compraba pan.
A veces fruta.
A veces cosas que ni siquiera necesitaba.
Todo con tal de verla.

Al principio Quiranna fue distante.
Era una mujer griega.
Él era un soldado italiano.
Las circunstancias no favorecían la confianza.

Sin embargo, el destino comenzó a intervenir.

Una tarde una fuerte tormenta sorprendió a los comerciantes.
El viento arrancó una de las lonas que cubrían los puestos del mercado.
La estructura estuvo a punto de caer sobre Quiranna.

Giacomo reaccionó de inmediato.
Corrió y logró sujetarla antes de que causara daño.

Cuando todo terminó, ambos quedaron frente a frente.
Por primera vez intercambiaron unas palabras.
Por primera vez sonrieron.
Y por primera vez sintieron algo difícil de explicar.

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A partir de aquel día comenzaron a encontrarse con frecuencia.
Caminaban junto al mar.
Recorrían las calles antiguas de Rodas.
Compartían historias de sus familias.

Ella le hablaba de Grecia.
Él le hablaba de Bari.
Ella le enseñaba palabras en griego.
Él intentaba enseñarle expresiones italianas.

Poco a poco dejaron de verse como una griega y un italiano.
Comenzaron a verse simplemente como dos personas que disfrutaban estar juntas.

El amor apareció sin anunciarse.
Silencioso.
Constante.
Irresistible.

Mientras el mundo se preparaba para la guerra, ellos comenzaban a construir una historia propia.

Una historia que sobreviviría a la distancia, al dolor y al paso del tiempo.

Sin embargo, la realidad seguía allí.
Giacomo continuaba siendo un soldado.
Y la guerra estaba a punto de exigirle la decisión más difícil de toda su vida.

Continuará en el Capítulo III: La Decisión.

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Capítulo III
La Decisión

Ilustración Capítulo III

El amor y la guerra tienen algo en común.
Ambos obligan a elegir.

Con el paso de los meses, Giacomo Stallone comenzó a sentir el peso de una batalla que ya no comprendía.

Las noticias que llegaban desde Europa eran cada vez más desalentadoras.
Las ciudades ardían.
Las familias eran separadas.
Los jóvenes eran enviados al frente.
Y la muerte parecía haberse convertido en parte de la vida cotidiana.

Pero mientras el mundo se hundía en la incertidumbre, algo crecía dentro de él.
Su amor por Quiranna Ierovassili.

Cada encuentro junto al mar.
Cada conversación.
Cada despedida.
Lo acercaban más a una verdad imposible de ignorar.

No quería perderla.
No quería regresar a una vida marcada por órdenes y violencia.
Quería construir un futuro.
Y ese futuro tenía el rostro de Quiranna.

Una noche caminaron junto a la costa.
Las olas golpeaban suavemente las rocas mientras la luna iluminaba el mar.
Durante varios minutos permanecieron en silencio.
Finalmente Giacomo habló.

—No quiero seguir siendo soldado.

Quiranna lo observó sin responder.
Sabía perfectamente lo que aquellas palabras significaban.

—¿Estás seguro? —preguntó.

Giacomo tomó sus manos.
—Estoy seguro de una sola cosa.
—¿Cuál?
—De que quiero pasar el resto de mi vida contigo.

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Los ojos de Quiranna se llenaron de lágrimas.
Porque ambos entendían las consecuencias.

Desertar significaba convertirse en fugitivo.
Renunciar a la seguridad.
Vivir bajo el riesgo constante de ser perseguido.

Y aun así, Giacomo estaba dispuesto a hacerlo.
Por amor.

Al llegar a Italia descubrieron que los desafíos apenas comenzaban.
Las autoridades consideraban a Giacomo un desertor.
Poco importaban sus motivos.
La ley no hacía excepciones.

Como castigo fue enviado a trabajar en la construcción de caminos.
Durante largas jornadas rompía piedras bajo el sol.
Día tras día.
Semana tras semana.
Mes tras mes.

El trabajo era agotador.
Sus manos sangraban.
Su espalda se resentía.
Pero jamás se quejó.

Porque cada tarde regresaba junto a Quiranna.
Y eso hacía que todo valiera la pena.

Con el tiempo los demás trabajadores comenzaron a llamarlo de una manera especial.
Primero como una broma.
Después con admiración.

Giacomo Picapiedra.

El apodo terminó acompañándolo durante años.
Y lejos de incomodarle, terminó convirtiéndose en un símbolo de resistencia.
Un recordatorio de todo lo que había soportado para defender el amor de su vida.

Lo que ninguno de los dos imaginaba era que pronto llegaría una nueva alegría.
Y también una nueva prueba.
Una prueba que pondría a Quiranna frente al desafío más grande de toda su existencia.

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Capítulo IV
La Niña que Venció al Fuego

Ilustración Capítulo IV

La vida parecía ofrecer finalmente una recompensa a tantos sacrificios.

En Rodas, antes de abandonar Grecia definitivamente, Quiranna dio a luz a una niña.
La llamaron Catherine.

Era el año 1944.
Nació bajo el cielo azul del mar Egeo, y tenía unos ojos verdes brillantes como el sol, verdes como el trigo verde
Rodeada por la misma tierra que había visto crecer a su madre y por las leyendas que durante siglos habían dado fama a la isla de Rodas.

Desde el primer instante se convirtió en el centro de la vida de Giacomo y Quiranna.
Representaba la esperanza.
La posibilidad de un nuevo comienzo.
La promesa de un futuro mejor.

Poco tiempo después, la familia se trasladó a Bari.
La ciudad natal de Giacomo.
Europa intentaba reconstruirse tras los años de guerra.
Pero la realidad seguía siendo difícil.
La pobreza estaba presente.
El trabajo era escaso.
Y las heridas del conflicto aún permanecían abiertas.

Además, no todos recibieron con agrado a Quiranna.
Algunos familiares de Giacomo nunca terminaron de comprender quién era aquella mujer griega que había llegado para cambiar la vida de uno de los suyos.

Quiranna soportó aquellas dificultades con la misma dignidad que había demostrado toda su vida.
Sin enfrentamientos.
Sin resentimientos.
Con fortaleza.

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Un día, salieron las dos a realizar las compras del dia, ya que la comida no abundaba en aquellos tiempos, cuando regresaron encontraron únicamente ruinas.
Una bomba había destruido completamente la vivienda.
La casa había desaparecido.
Todo cuanto poseían había quedado reducido a escombros.

Quiranna abrazó a su hija con todas sus fuerzas.
Comprendió inmediatamente que habían sobrevivido por un milagro.
Si hubieran permanecido allí unas horas más, ninguna habría salido con vida.

Sin hogar, terminaron viviendo con familiares de Giacomo.
La convivencia fue complicada.
Las diferencias culturales seguían presentes.
Y algunos continuaban viendo a Quiranna como una extranjera.

Pero ella resistió.
Como siempre.

Sin embargo, la prueba más difícil aún estaba por llegar.

Catherine tenía apenas unos meses cuando ocurrió el accidente.
Fue cuestión de segundos.
Un instante.
Un descuido involuntario.
Y la pequeña cayó sobre un fogón encendido.

Los gritos llenaron la casa.
Quiranna corrió desesperada.
Al tomar a su hija en brazos comprendió la gravedad de las quemaduras.

Muchos pensaron que no sobreviviría.
Otros temieron que quedara marcada para siempre.
Pero nadie contaba con la determinación de una madre.

Durante cuarenta días y cuarenta noches Quiranna prácticamente no soltó a Catherine de sus brazos.
Dormía poco.
Comía poco.
Vivía pendiente de cada respiración de su hija.
Limpiaba cuidadosamente las heridas.
Vigilaba cualquier señal de infección.
Rezaba.
Lloraba.
Y volvía a comenzar.

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Cada amanecer era una batalla.
Cada noche una victoria.

Hasta que ocurrió algo que muchos consideraron un milagro.
La niña comenzó a recuperarse.
Las heridas cicatrizaron.
La infección nunca llegó.
Y la vida triunfó.

Con los años las quemaduras desaparecieron casi por completo.
Solo quedó una diferencia en el color de la piel de su vientre.
Nada más.
Sin deformaciones.
Sin limitaciones.
Sin secuelas visibles.

Para Quiranna fue la mayor victoria de su vida.
Había vencido a la guerra.
Había vencido al exilio.
Y ahora había vencido a la muerte.

Diez años después, en 1954, la familia Stallone-Ierovassili emigró a Venezuela buscando un nuevo comienzo.

No podían imaginar que aquel viaje cambiaría para siempre el destino de las generaciones futuras.

Porque en otra parte del continente, un joven colombiano llamado Álvaro Ruiz Bernal se preparaba para enfrentar sus propias batallas.

Y el destino ya avanzaba lentamente para unir sus caminos.

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Capítulo V
El Último Adiós a Popayán

Ilustración Capítulo V

Mientras Catherine Stallone crecía en Venezuela rodeada por los recuerdos de Grecia e Italia, otra historia avanzaba silenciosamente al otro lado del continente.

Una historia nacida entre Bogotá y las montañas de Colombia.

En la ciudad de Popayán estudiaba con los hermanos Maristas un joven llamado Álvaro Ruiz Bernal.
Había nacido en 1940, en una tierra de profundas tradiciones, iglesias blancas y calles cargadas de historia.

Era trabajador.
Responsable.
Y soñaba con construir una vida sencilla.

Como tantos jóvenes de su generación, imaginaba formar una familia, trabajar con dignidad y compartir el futuro junto a la mujer que amaba.

Su nombre era Lucía.

Juntos hablaban de proyectos.
De matrimonio.
De hijos.
De una vida tranquila que parecía estar al alcance de la mano.

Pero Colombia atravesaba tiempos difíciles.
La violencia política que siguió a los acontecimientos de 1948 había dejado heridas profundas en numerosas regiones del país.

Los rumores eran peligrosos.
Las enemistades podían costar la vida.
Y muchas personas aprendieron a convivir con el miedo.

Una tarde llegó la advertencia.
No fue una carta.
No fue una amenaza escrita.
Fue algo mucho más inquietante.

Un amigo de confianza lo buscó con urgencia.
Cuando finalmente lo encontró, habló en voz baja.

—Álvaro, te están buscando.

Aquellas palabras bastaron.
No necesitó hacer más preguntas.
Entendió el peligro.
Y comprendió que debía actuar rápidamente.

Durante un tiempo permaneció escondido.
Vivía atento a cada ruido.
A cada visita inesperada.
A cada sombra.

Pero la situación empeoró.
Una segunda advertencia confirmó sus temores.
Si permanecía en Popayán, corría el riesgo de morir.

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La decisión que tomó fue una de las más dolorosas de toda su vida.
Debía abandonar Colombia.
Debía abandonar su hogar.
Y debía abandonar a Lucía.
La noche anterior a su partida apenas pudo dormir.
Observó las pocas pertenencias que poseía.
Entre ellas había un pequeño radio.
No tenía gran valor económico.
Pero sí valor sentimental.
Aun así, decidió venderlo.
Necesitaba reunir dinero para emprender el viaje.
Cada moneda era importante.

La despedida de Lucía fue breve.
Las despedidas más dolorosas suelen ser así.
Se abrazaron.
Intentaron sonreír.
Intentaron ser fuertes.
Pero ambos sabían que el destino estaba tomando un rumbo que ninguno podía controlar.

Cuando el vehículo se alejó de Popayán, Álvaro observó por última vez las montañas de su tierra.
No sabía si volvería a verlas.
No sabía qué le esperaba.
Solo sabía que debía seguir adelante.

En 1959 llegó a Venezuela.
Era un país lleno de oportunidades.
Un país que recibía personas de distintos rincones del mundo.
Italianos.
Españoles.
Portugueses.
Griegos.
Colombianos.
Todos buscando exactamente lo mismo:
Una oportunidad para comenzar de nuevo.

Álvaro empezó desde abajo.
Trabajó.
Aprendió.
Se adaptó.
Y poco a poco fue construyendo una nueva vida.

Lo que no sabía era que el destino llevaba años preparando algo extraordinario.

Porque en algún lugar de Caracas vivía una joven llamada Catherine Stallone.

Y sus caminos estaban destinados a encontrarse.

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Capítulo VI
Los Ojos Verdes de Chacao

Ilustración Capítulo VI

Hay encuentros que parecen casuales.
Y hay encuentros que tardan décadas en prepararse.

El encuentro entre Álvaro Ruiz Bernal y Catherine Stallone Ierovassili pertenecía a la segunda categoría.

Uno venía de Colombia.
La otra llevaba en la sangre la herencia de Grecia e Italia.
Uno había escapado de la violencia.
La otra había sobrevivido a la guerra, al exilio y al fuego.

Sin saberlo, ambos caminaban hacia el mismo destino.
Y ese destino los esperaba en Chacao.

Las calles de aquel sector de Caracas eran un punto de encuentro para miles de personas que habían llegado desde distintos lugares del mundo.
Allí se mezclaban idiomas.
Costumbres.
Historias.
Y sueños.

Fue allí donde Álvaro la vio por primera vez.
Entre la gente.
Entre el movimiento cotidiano de la ciudad.

Y como ocurriría durante el resto de su vida, lo primero que llamó su atención fueron sus ojos.
Verdes.
Profundos.
Extraordinarios.

Los ojos más hermosos que había visto jamás.
Parecían guardar dentro de sí el azul del mar Egeo y la luz de Rodas.

Por un instante todo lo demás desapareció.
Solo quedaron aquellos ojos.
Y la mujer que los llevaba.

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Cada conversación parecía acercarlos más.
Las diferencias culturales no los separaban.
Los enriquecían.

Álvaro descubría el Mediterráneo a través de Catherine.
Y Catherine encontraba en Álvaro un hombre noble, trabajador y digno de admiración.

Con el paso de los años el afecto se convirtió en amor.
Un amor profundo.
Maduro.
Construido sobre el respeto y la admiración mutua.

Cuando Giacomo Stallone conoció a Álvaro Ruiz Bernal, lo observó con atención.
La guerra le había enseñado a juzgar a los hombres por sus acciones y no por sus palabras.

Durante algunos segundos permaneció en silencio.
Álvaro sostuvo la mirada con respeto.
Sin arrogancia.
Sin miedo.
Como un hombre honesto.

Finalmente Giacomo sonrió.
Era una sonrisa pequeña.
Pero suficiente.

Quiranna la entendió inmediatamente.
También Catherine.
Giacomo acababa de aceptar al joven colombiano.

A partir de entonces, Álvaro fue recibido como parte de la familia.

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Los años trajeron nuevos sueños.
Y finalmente llegó el momento que ambos esperaban.

El 11 de Octubre de 1963 nació su primer hijo.
Un niño que llevaría en su sangre la herencia de tres continentes.

En él convivían las historias de la elite capitalina de Bogotá y las montañas de Colombia.
La fortaleza de Italia.
La historia de Grecia.
Y la generosidad de Venezuela.

Era el resultado de generaciones que habían cruzado océanos, sobrevivido a guerras y vencido innumerables dificultades para hacer posible aquel momento.

Nadie podía imaginar entonces lo que el futuro le tenía reservado.
Nadie sabía las pruebas que enfrentaría.
Ni los sueños que perseguiría.
Ni las historias que algún día contaría.

Pero una cosa era segura.

La historia que había comenzado en Rodas, continuado en Bari, atravesando Bogotá y florecido en Caracas no terminaba con su nacimiento.

En realidad, apenas comenzaba.

Porque toda gran historia deja un legado.
Y ahora ese legado tenía nombre. El mío

Álvaro Ernesto Ruiz Stallone.

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FIN DEL LIBRO I

La historia continúa en...

EL LEGADO DE TRES TIERRAS

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